Un monzón literario

En 1881 se llevó adelante uno de los eventos sociológicos más extraordinarios que se recuerde: el censo a la población de la India, colonia británica desde 1854. El casillero del censo más complejo a completar por el más de millón de censistas era el referido al religioso: la mayoría de los indios practicaban algo incomprensible para los británicos. Denzil Ibbetson, comisionado provincial del imperio británico, escribió en una carta: “los hindúes de las llanuras adoran a los santos de sus vecinos musulmanes, pero los hindúes de las colinas adoran a las deidades y demonios de los aborígenes. La mayoría de los dioses son estrictamente territoriales, son sólo adorados en algunas partes y en otras no se conocen. Algunos hindúes entierran a sus muertos, otros los incineran. Algunos no comen carne, otros no comen algún tipo de carne. Algunos practican la magia negra, la brujería. Otros adoran a sus muertos. Algunos consideran al Brahman como sumo sacerdote, otros tienen sus propios sacerdotes o no tiene sacerdotes para nada”. 

En la Europa cristiana, diferencias doctrinales menores habían llevado al baño de sangre absoluto durante varias décadas. Con estos antecedentes a flor de piel, a los británicos les pareció que toda esa gente que adoraba a deidades curiosas y cuyas prácticas no eran uniformes, o que de hecho se contradecían, debían creer más o menos en lo mismo porque de otro modo se estarían matando diligentemente. Nada estaba más alejado de eso. 

Como si esto no fuera poco, los británicos decidieron sistematizar un canon. Para los europeos, el andamiaje filosófico de una religión debía sustentarse sí o sí en un libro o serie de libros. Así, eligieron algunos textos, los tradujeron y jerarquizaron. En ese ejercicio de arrogancia, cometieron errores groseros. Los Dharmasastras fueron traducidos por la autoridad gobernante británica a partir de la premisa errónea que representaba un amplio código de leyes hindúes cuando sólo era un conjunto de leyes para los brahamanes, la casta sacerdotal. Como estos errores hubieron cientos. Además, a los hindúes les importaba poco el texto escrito. Su modo de entender la práctica religiosa respondía a usos y costumbres, a la tradición oral y a la búsqueda individual.

En el censo, todos pasaron a ser lo mismo: hindúes. Por un lado, la tendencia a la simplificación se entiende: la India era inagotable, no sólo por los 253.891.821 habitantes que contabilizaría el censo, sino por la faceta mística, desparramada, desarticulada y tan vivida en el día a día. 

Me refiero a esta historia de malos entendidos porque “Cinco movimientos de la alabanza”, de Sharmistha Mohanty (por primera vez en Iberoamérica, se traduce una novela de ella), incursiona en el mundo maravilloso y complejo de la India, que a veces no es fácil de asimilar para el occidental. La prosa de Mohanty, siempre poética y profunda, indaga en mujeres que van peregrinando por distintos paisajes y ciudades en busca de una trascendencia. No hay división entre lo místico y lo terrenal. O entre la ciudad de los hombres por un lado y la de Dios, por el otro. Se trata de la misma materia revuelta, indivisible, donde conviven santuarios sufíes con cuevas budistas, pinturas en miniatura dedicadas a deidades hindúes, la ejecución de la música religiosa y milenaria en un tanpura, la tensión entre el campo y la ciudad, la migración de los pobres a otros países, la llegada de extranjeros ricos. Las páginas forman una larga serie de ritos encadenados hacia una danza literaria que por momentos sucede como por fuera del tiempo.

Unas palabras sobre Sharmistha Mohanty: nació en Calcuta en 1959 y vive en Mumbai. Es profesora universitaria de Literatura. Escribe ficción, ensayos y poesía. Tradujo poemas y cuentos de Rabindranath Tagore. También es música, ejecuta en el tanpura la música clásica de la India, que se remonta a milenios; y autora de diversos guiones de películas, entre ellos de “Nazar”, del prestigioso director Mani Kaul. 

Dejo un fragmento de esta gran obra: «No dejaron atrás nada que pudiera ser recogido con una mano o aplastado con el pie. Ni un monumento, moneda, joya, o arma. Nada. Desde la época de los arios, cuando llegaban en pequeños oleajes a través de las montañas del Hindu Kush, hasta la época del Buda, ni un palacio, sello, o cuenco. Nada. Sólo conjugaciones y declinaciones de palabras, aquello que aguanta el infinito. El infinito tiene la paciencia de un telador, la tenacidad del arado, la consistencia del hierro. En la calle un caballo permanece en silencio durante horas, atado a un poste de luz. En sus ojos se puede ver el infinito. El pasado no está sujeto a las leyes de la perspectiva. No se descubre en ese punto, a la distancia, donde reside el conocimiento. Es algo que está por venir. Solo bajo la luz de la lámpara se pueden leer estas palabras. Ha sido difícil situarse bajo la luz de la lámpara, ha sido difícil adquirir la luz de la lámpara. Afuera el aliento del caballo mueve unas hojas oscuras. Los nómadas que cruzaban las montañas a caballo, y los que ya labraban la tierra, acaso empezaron a ver, a lo largo de los siglos, que lo que está de pie cae, pero lo que se mueve permanece para siempre».

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