La locura y su derrame

Lo primero que leí de Lucía Mazzinghi fue la novela “Resolana”, en el 2009. Me la había recomendado un librero en quien confiaba mucho. Lucía hablaba de algo muy personal: la pérdida de su mamá en un accidente trágico (la barrera de un paso a nivel no funcionaba y al auto que manejaba su madre lo atropelló un tren). Lucía tenía once años. Había en esa novela un fluir errante de la conciencia, un soliloquio sin centro de una nena en la primera parte y del mismo personaje ya adulto en la segunda. Después leí la novela “Gira la noche”, la vida de un pianista de San Telmo durante la semana del carnaval, lo vas siguiendo en su camino metidos, el músico y quien lee, en una experiencia puramente musical. 

 

Creo que Lucía es una de las escritoras más interesantes de la literatura argentina por el tono y la sensibilidad que manejan sus oraciones, son latidos de lenguaje cargados de diversos sentidos, microplanetas orbitando alrededor de algo que no se sabe bien qué es pero sí que existe en alguna parte. Por eso, cuando armamos el catálogo de la editorial fuimos a ver si tenía algo entre manos. Para nuestra suerte tenía y no cualquier cosa sino un pez bien gordo: una crónica sobre un neuropsiquiátrico de mujeres. 

 

 

¿De dónde viene Locas?

 

Tenía una respuesta metafísica para eso pero me la olvidé. Así que te doy la respuesta más fácil: trabajé veinte años en un neuropsiquiátrico de mujeres y a eso se le suma que escribo, entonces tengo millones de anotaciones sobre lo que pasaba ahí adentro, ese tiempo tan particular, un puro presente que se eterniza, cosas que decían las pacientes y me llamaban la atención, por lo extraño, por lo triste, por lo digno, por lo gracioso, por lo que fuera, modos de hablar, un crisol de lenguas babelizadas insertadas en un lugar, un espacio cerrado. Esas palabras se quedaban tintineando en mi cabeza. Encontré una belleza muy particular entre esos muros, conviví con esa belleza que tiene algo de siniestro, caminando esos pasillos en todas las horas del día, todas las estaciones, durante veinte años ininterrumpidos. Los olores se te impregnan, algunas visiones, las palabras, los gritos, las historias. Anotaba sin ningún orden ni finalidad lo que se me iba ocurriendo, algo que escuchaba, algo que pensaba al terminar de atender o después de tomar mate con una enfermera o durante una guardia en la que no me podía dormir. Lo que te pasa ahí adentro es raro, hay momentos en que todo se confunde y no sabés qué es de quién, estás adentro y afuera a la vez, escuchando, escuchando todo el tiempo. 

 

Un día di con la historia de Dymphna, la santa patrona de los locos y los desahuciados, una chica a quien su padre, el rey de una tribu irlandesa en el siglo VII, le cortó la cabeza porque ella no quiso casarse con él. Antes de que la matara, ella se escapó a la ciudad de Gheel, en Bélgica, y vivió escondida cuidando de los locos y los desamparados. Cuando la mataron ellos le hicieron un santuario y con los años se transformó en su santa. Cuando leí esa historia, todas esas notas que venía escribiendo tomaron otro sentido, se ordenaron con otra lógica. Podía unir las voces de mis pacientes con la de esta santa y con las miles de locas desperdigadas por el mundo, vivas y muertas, una especie de hermandad fuera del tiempo, una oración pagana a la nada. 

 

 

Es un libro que pasa por muchos estados de ánimo, más allá del objetivismo extraño con el que está escrito. Hay mucha poesía, mucha bronca, mucho humor, mucha tristeza, todo revuelto a veces en la misma frase.

 

La locura no es algo romántico, muchas veces se la asocia con la genialidad, pero yo creo que al contrario, en general es más parecida a un desierto. Es una mescolanza total, hay frustración, repetición y dolor. Hay marginalidad, injusticia, vidas rotas, quebradas pero también hay dignidad, amor, risa, una manera particular de hablar y de sentir, de ver el mundo y de encararlo, en soledad pero también con otros. Hay códigos, hay lazos que se rompen y otros que se inventan. Cada loca es diferente y entonces hay que abordarla y escucharla de modo diferente. En el libro busqué desplegar ese abanico de voces, dejar que las voces de ellas hablen en toda su particularidad, fragmentos, retazos, relámpagos de luz buscando su modo de expresarse. 

 

 

Elegiste no poner el nombre de ninguna loca, sino que a cada una de las mujeres se la identifique con su número de cama…

 

Dentro de un hospicio, la cama es el refugio. Lo más propio. De repente alguien se enoja y dice “me voy” y se va a su cama, que está ahí nomás y que todas pueden ver, pero es como que entró a su intimidad más allá de que no hay intimidad en ese lugar, todo se comparte, las salas, el comedor, el baño. La cama es la serie, el anonimato y a la vez el lugar más íntimo que tienen.

 

El libro se lee como en estado de trance, aunque no haya trama te atrapa y no te suelta. 

 

Me interesa la literatura como refugio de libertad. Me gustan los escritores que escriben con libertad, que se mantienen en contacto con el deseo de expresar y donde las páginas que logran son el íntimo reflejo de ese deseo o de ese vacío que los causa. Nunca me interpeló demasiado la experiencia de alguien que dice: quiero hablar de este tema entonces voy a inventar a este personaje y a este otro y entonces la trama va a venir por acá, etc. El tema no se elige, el tema te atraviesa tan fuerte por dentro que tenés que sacarlo de algún modo. No podés hacer otra cosa que sentarte a escribir y en ese sentarte, en el mejor de los casos, te dejás llevar por el ritmo, el ritmo de lo que ocurre que es lo que va marcando una dirección, no la trama. Me interesa ser guardiana de ese espacio vacío, donde cualquier cosa puede suceder, es un estado de pérdida, perderse para encontrarse decía Néstor Sánchez.

 

 

¿Algo para decir de cama 24?

 

Todavía cuando pienso en ella, lloro.

 

Y es verdad, llora. No se pierdan este libro de Lucía Mazzinghi. No se pierdan ningún libro de ella.

 

Notas relacionadas

    © Copyright Nueva Orilla