Una obra literaria no se mide por su volumen. Lo requiere, pero no es suficiente. Quizás sí se mida por una intención, por ejemplo la de búsqueda. Pero en Mireille Gansel diría que sobre todo se trata de encuentros: con otra obra, como ha sido la de Nelly Sachs, de quien tradujo su poesía y su correspondencia con Paul Celan; con una palabra, como es el caso de niemand sobre la que se interrogó e interrogó y que terminó plasmando en un texto breve y lleno de partículas de lengua porque lo que habita en esa búsqueda es la pregunta: «¿podemos hacer de una traducción, un absoluto?», pregunta en la que oímos, ¿podemos impedir interpretaciones? Y también encuentros con un objeto, que puede ser un trozo de seda trabajado por manos artesanas; o con una lengua, por ejemplo, el húngaro, que reverbera y deposita un recuerdo, como en este libro.
Quizás sí podamos decir que una obra está hecha de un tono. Y, en el caso de Gansel, de un vibrato. De una construcción de la frase que fluye por su composición, que en este libro se apoya en una puntuación trazada en voz alta, y que al hacerlo se instala una entonación transparente que nos cuenta una caminata, un almuerzo o la observación de unas aves migratorias. Quizás sí una obra está hecha de una reflexión constante y no meramente intelectual, atravesada por emociones que pulsan para estar más cerca de los otros que de los conceptos. Quizás sí una obra lo sea porque es portadora de otras voces que la han constituido y que al acogerlas dinamizaron el sustrato de lengua natal para generar una lengua propia. Una semilla y sus nutrientes. Y quizás también lo que transforma a muchos escritos en una obra es un hilo que los recorre y los une, que en el caso de Gansel es una ética de apertura hacia el otro, hacia lo otro como campo gravitatorio. El entorno de nuestra práctica, sea cual sea, debe sentir esa fuerza que no es otra cosa que la emancipación. Aún en las prácticas que parecen mínimas. «No dejar nunca sedentarizar el pensamiento» dice en alguno de sus textos. El movimiento, el éxodo, el desplazamiento, el desplazado y la capacidad de recibirlo comprendiendo que la tensión existe y que no debemos sedentarizarnos en nuestros valores.
Y en ese andar de cuerpos, el de su familia de Hungría, el de su familia de Eslovaquia; en ese andar de objetos, cartas plegadas y releídas una y mil veces; en ese andar de lenguas, algunas palabras que permiten trazar una pertenencia a lo que, amenazado, parecía disolverse. Palabras que vienen del húngaro, como aranyoskam –mi pequeña de oro–, o de esa lengua alemana que era el puente de los integrantes de la familia, una palabra que nombra lo intenso, innig, o del hebreo, lengua de la plegaria, – justicia del corazón–. Palabras de una lengua interior, de una sonoridad pura. Lenguas, objetos y cuerpos transfronterizos. Expresiones que hablan de lo humano. De la necesidad del refugio, de espacios como casas de alma.
Pero Gansel también es quien responde a un primer mail de alguien a quien no conoce, en el que le cuento con las palabras que vienen inmediatamente después de releer su libro, que había comprado para regalar a una amiga en la librería Tschann de París en la que Muriel, la librera, me insiste en que le escriba a Gansel y me da su dirección; en ese primer mensaje le digo que me gustaría traducir su libro, que el humanismo y la fragilidad del texto me conmueven, a todo eso Gansel responde con un mensaje enviándome su teléfono para que la llame y que finaliza diciendo «gracias de todo corazón». Frase que dio origen a esta aventura.
«¿Era linda tu casa, cuando eras chica?» Esa pregunta de un niño, ¿dónde puede llevarnos, qué posibilidades abre? Podemos hacer que la maravilla habite el mundo o dejar que las palabras que relatan el horror se repitan, ¿la senda que amenaza cerrarse o la apertura de caminos? Y así, en el andar, construir una casa con rastros, encuentros y relatos. Lo natal como un puñado de palabras, algún aroma, por ejemplo el de la sopa de eneldo, un mantel azul en la tarde o partículas que un rayo de luz evidencian.
De una Europa central remota, de las confluencias de ríos, de pasos de montañas llegan nombres que portan un mundo que parece lejano, tal vez sea el tiempo, tal vez sean simplemente sus sonidos. Ilz, Danubio, Neva, Engadina, voces que reverberan e instalan una ondulación en el andar apacible del texto. Pero además de sus geografías, viven historias de objetos pequeños y sus gentes. De encuentros que producen un acontecimiento y evocan otros. La sucesión de un viaje.
También hay algo del orden de lo caligráfico que habita el texto. Como si aún después de todos los procesos de imprenta la mano estuviese presente. Como si la raya que cierra cada entrada del texto portase una carga física. Ahí presentimos la estela de la mano previa a la normalización de la edición, a ese código que se fue construyendo con los siglos cuando de los copistas pasamos a la imprenta y luego de los tipos móviles a lo digital, aún después de todo este recorrido la manera en que está marcado este texto es el de una carta escrita a mano que, dominada por lo narrado, elide puntuación, se apoya en conjunciones y termina esas entradas que lo componen con una raya que en lugar de cerrar la frase propone una continuidad. Como si en ese gesto se expresase el movimiento constante al que está entregado el texto. Una estela que recorre cada fragmento.
Espacio habitado. Ese es el estado del texto. Habitado por ese andar que es una constante en la civilización humana. Los acordes de una melodía de los balcanes en las calles de París, o el diálogo en el que un chofer de taxi afgano le cuenta a un niño, en un barrio de Lyon, la primera vez que vio una película de Chaplin en Kabul, o el canto de un pastor errante que quiere volver a su Bulgaria natal. Ese andar, esa errancia que fue constitutiva de la infancia de toda una generación que puso en tensión todos los acuerdos de convivencia, vive en el vibrato del texto. Lo habita como errancia y, posiblemente, ese estado hizo que Gansel viviese en Vietnam entre 1973 y 1975 para poder traducir a algunos de los poetas de ese país que vivía en estado de urgencia. Porque se trata no sólo de aprender a escuchar una voz, sino también de trasladar un estado.
Traducir este libro ha sido trabajar las líneas como si se tratara de hojas de papel de arroz que al ser sumamente delicadas, además de hermosas por su textura y color, requieren la mayor atención al tomarlas en nuestras manos. Solicitan que saquemos de nosotros los gestos medidos, conscientes de que la mínima manipulación las marcaría y que de alguna manera de eso se trata. De que esas marcas sean conscientes y porten algo de nosotros. Que algo que no estaba, hable de nosotros. Pero no serían marcas, deberían ser pliegues. Efectos reflexivos de nuestro paso por ahí. Que en su nueva expresión el libro tenga pliegues en el que nos vemos reflejados. Hay que trabajar sobre el entramado de composición que son estas líneas de texto, trabajar sobre el conjunto respetando las fibras que lo componen, y que en ese viaje su delicadeza no se resienta, sino que adquiera una nueva textura compositiva que respete su aura. Que la maravilla de opacidad y limpio resplandor se mantengan. Que el delicado fulgor de quien ha vivido intentando construir un lugar de cobijo sea respetado.
Y de alguna manera, independientemente de la traducción, eso ha ocurrido. Que luego de este viaje el texto sea acogido por los dibujos de Pedro Roth[1], quien desterrado de la casa de su infancia, en Budaspest, erró por campos de refugiados, se subió a trenes, barcos y llegó a Buenos Aires a los dieciseis años, para algunas décadas después reconstruir la memoria de su padre, víctima del odio.
De nuevo cuerpos, objetos y palabras. Una forma de continuidad entre estas obras. Una forma de comunidad la de este libro en la que materia y texto se contienen y se complementan. La hospedera ha sido hospedada.
Horacio Maez[2]
Noviembre, 2025
[1] Nació en Budapest, Hungría, en 1938. Luego de escapar con parte de su familia del Holocausto nazi (su padre murió en Auschwitz) y de vivir algunos años en Transilvania e Israel, llegó a Buenos Aires en 1954. Artista plástico, fotógrafo y realizador cinematográfico (egresado de la Universidad Nacional de La Plata), ha participado en numerosas propuestas audiovisuales, entre ellas la película La ballena va llena, realizada por el colectivo de artistas «La estrella del Oriente». Realiza muestras de pinturas desde 1976. En este plano artístico, pinta recostado en su cama o sentado en un bar. Ha expresado con frecuencia que no pretende reflejar la realidad exterior en sus trabajos sino presentar a los espectadores un nuevo universo. Vive en la Ciudad de Buenos aires.
[2] Nació en Buenos Aires, en 1969. Es poeta y traductor. Publicó los libros de poesía Salix (Ediciones Modi, 2014), En obra, diarios del oficio (El ojo del mármol, 2017), Pequeños rastros que se alejan (Kintsugi Editora, 2021) y las plaquetas El 22 (Ediciones presente, 2018) y Espadas (Ediciones Arroyo, 2021). Junto a Nathalie Greff-Santamaria tradujo a cuatro manos los libros No verte más de Valérie Rouzeau (Barba de abejas, 2019), Sobre Barbara Loden de Nathalie Léger (Chai Editora, 2021) y colaboró en la traducción realizada al francés del libro Tenir ce qui se tient de Diana Bellessi (La rumeur libre, 2014). Forma parte de la revista «L’autre Amérique» y contribuye en publicaciones realizando artículos y reseñas.

Horacio Máez, traductor de «Casa nómade» y Pedro Roth, artista ilustrador de «Casa Nómade», en la presentación del libro en Buenos Aires, en noviembre de 2025.